RWANDA: Mzungus en la niebla

enero 20, 2012 | África

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Habíamos pasado todo el día de ruta en el camión, dirección Rwanda. Yo estaba en la tarima al fondo de este, con el techo descapotado mirando el paisaje y devolviendo saludos. Por aquel entonces ya me había ganado el título de gárgola del camión. El sol iba alargando las sombras e incendiando de un naranja intenso todo aquello que tocaba. En la tarima, cada vez más concurrida, reinaba el buen ambiente y la alegría. En cierto momento, sonó la canción de Dragostea en el cassette, y empezamos todos a bailar agitando las manos como si de una cabalgata se tratara. La gente, divertida y expectante, nos devolvía los saludos con una sonrisa de complicidad, fue un momento mágico y el hecho de no llevar nadie ni una gota de alcohol en la sangre lo hizo más mágico aún.

Al llegar al hotel, una copa de árbol repleta de malabús nos llamó la atención. Fue una noche de trámite.

Al día siguiente, a la hora de ruta con el camión, llegamos a Rwanda. Nos encontramos con una aduana sorprendentemente rápida. Empieza la travesía por este desconocido país. Tenía cierto temor por el recibimiento que tendríamos, ya que el día anterior, en el breefing, el guía nos había contado un poco lo del genocidio entre hutus y tutsis y los mzungus (extranjeros blancos) habían tenido bastante que ver.

El temor desaparece pronto, como en Uganda, gritos de mzungu, de jambo o de Hello con evidentes movimientos de bienvenida eran el saludo constante con cada uno que nos cruzábamos por la carretera. Las madres levantaban sonriendo a los niños que llevaban en brazos para que nos vieran mejor, como si los tuviéramos que bendecir.

Por el camino… canteras con niños trabajando que al igual que los otros saludaban con una sonrisa de oreja a oreja

Vimos un mercadillo… decidimos hacerle una visita. Este estaba en la falda de una montaña escalonada artificialmente. Este se vació al ver que parábamos, para envolvernos con cara de expectantes. Paralizamos casi al completo la actividad económica del sitio. Con un nudo en la garganta di un paseo junto a un grupo de personas por el mercadillo. Trapos, instrumentos hechos con hojalata de latas, cerillas. Un señor me dio la mano, a una señora se le puso el bebe a llorar cuando le hizo verme, otro, creo que pretendía que le firmase un autógrafo en una revista, pero delante la duda, preferí decirle en mi mal inglés que no entendía (en teoría tenían que hablar francés, ya que es su segunda lengua oficial). Cuando me di cuenta mis amigos habían desaparecido y el callejón por el que me había metido no tenía salida (Vaya amigos! Pensé). Repitiendo en mi mente que no me pusiera nervioso (el nivel de expectación que causábamos era máximo, y a mi esto me pone muy nervioso), me di la vuelta y… como no! Tenía detrás a toda una hilera de gente que me seguía como un rebaño a su pastor. Los aparte delicadamente para volver al camión. De vez en cuando desviaba la vista disimuladamente cuando mis ojos se topaban con algún mutilado o con labio leporino. Suspiro de alivio dentro el camión. Al poco rato reanudamos la marcha.

Cuando nos acercamos al hotel atravesamos una basta extensión de población agrícola…

Fue muy emocionante. Mirabas a lo lejos y todos los niños, escalonados por edad corrían todo lo que podían para recibirnos a pié de camino saludando con las manos alzadas. Veías que a cada uno lo hacías el más feliz del mundo con un saludo particular y esto estresaba un tanto, ya que lo queríamos hacer con todos y eso era imposible. A todos se les iluminaba la cara a medida que íbamos pasando. Vi de reojo que un niño nos tiraba algo –Que raro.- Pensé. A los pocos metros vi a otro y comprendí lo que hacían. Algunos niños, medio desnudos, estaban intentando hacer entrar caña de azúcar por dentro el camión. Nos estaban invitando a lo poco que tenían. Decidí almacenarlo en mi mente, no quería llorar allí… no tocaba.

Llegamos por la tarde-noche al hotel, muy cerca de P.N. des Volcans. El hotel es todo planta baja y pese a esto, el agua no tiene suficiente presión para salir por las duchas, y el problema es subsanado con cubos. Esperando a la hora de cenar, una empleada nos da unas clases magistrales de bao mientras nos tomábamos unas cervezas. A dormir pronto.

Llegamos al edificio base del Parc Nacional des Volcans por medio de una pequeña caminata desde el hotel. Impresionantes los Volcanes, algunos de casi 5.000m. Nos piden los datos personales y nos dividen en diferentes grupos. Los de mi grupo, nos ponen en una Pick-Up como si fuéramos ganado y nos llevan por esos caminos de Dios (llena de baches y piedras) durante una interminable hora.

Transcurrida esta espantosa hora nos encontramos en la base del volcán más espectacular (para mi). Es uno de los más altos y verticales, y coronado con un cráter dónde se ha sitiado un inaccesible lago. Allí nos esperan dos soldados armados.

Comienza el ascenso.

Dura caminata! Tengo mareos y fuerzo alguna parada para que no vaya a más… me falta el aire. Una compañera me da chocolate, y me va muy bien. Esta compañera también esta bastante mal. Pasado un rato estamos todos mal. La subida es constante y pronunciada. El guía del Parc Nacional des Volcans y los soldados están tan frescos. Estuve a punto de decirle entre jadeos que aquí es dónde se veía la superioridad de la raza blanca sobre la negra, pero el no saber que tipo de humor tenían me hizo declinar el dicho.

Tres horas de angustiosa marcha y nos topamos con otro guía del Parc Nacional des Volcans que tenía localizado a los gorilas Bwindi o espalda plateada, y al poco estábamos con ellos…

Esta es probablemente la hora que más rápido me ha pasado. Nos habían advertido que la distancia mínima a la que nos podíamos acercar a los gorilas de montaña era de 5 metros. Al instante estábamos a menos de dos metros de una hembra gorila y su cría. Comiendo, impasible, mientras que su bebe (tenía 2 meses) jugaba y se acercaba aún más a nosotros (hasta el punto que lo hubiéramos podido tocar, si hubiésemos alargado la mano). Más tarde nos dirigimos al macho, a los que se les llama, espalda plateada (por los pelos blancos que cubren toda la espalda), pero estaba huidizo, así que seguimos con la hembra y su cría.

Estábamos allí… observándo a los gorilas. Impresionante la mirada que tienen, para mi, de siempre, la más parecida a la humana.

Mirando a una gorila hembra, y mientras el guía nos decía que ya nos teníamos que ir, por otro lado se nos acerco otra hembra gorila con su cría, a metro y medio como mucho. 2 carretes de 36.

La bajada. Aquí sí que el tío nos llevo al huerto. Fuimos mucho tiempo campo a través. Los pies… de lo densa que era la vegetación no te tocaban los pies en el suelo, ya que estabas andando constantemente por entrelazadas ramas y arbustos. Las ortigas tenían el tamaño de arboles, y era imposible evitarlas. Después de dos horas de bajar barrancos con el culo y escalar paredes de resbaladiza tierra le pregunte al guía malintencionadamente si sabía por dónde íbamos. “Nous connaissons la fôret..” con cara de ofendido fue su respuesta.

Llegamos los últimos… los otros lo habían tenido mucho más fácil (por la situación de sus gorilas)

Cuando íbamos de marcha al siguiente hotel ya estaba anocheciendo, fue entonces cuando embarrancamos el camión. Al haber quedado encallado por en medio, la tracción total era inútil para desencallarlo ya que las ruedas no tocaban el suelo. Al instante había centenares de personas preguntando nos como podían ayudar, o intentando hacernos entender qual era la manera de salir de allí a su parecer. Al final nos pusimos todos de acuerdo en lo que se tenia que hacer. Media docena de indígenas vinieron con sus aradas y se pusieron a cavar como si les fuera la vida en ello.

Gritó unánime de júbilo al salir el camión. Fue después cuando empezaron a pedir todos (niños inclusive). El guía, con buen criterio a mi modo de entender, busco al líder y le dio dinero para que se lo repartiesen.

Llegamos al hotel exhaustos, y descubrimos anonadados de que no teníamos habitaciones. Los culpables: una pandilla de ministros a los cuales no podían negarles las habitaciones que anteriormente habíamos reservado nosotros. Nos amotinamos en las pocas habitaciones que nos dejaron para dormir.

Había acabado la guinda del viaje. Solo quedaban un par de días en una paradisíaca isla del lago Victoria y ya esta. Se empezó a notar la tristeza de algo que se acaba….

Para garantizar que todos nuestros viajeros disfruten de una experiencia inmejorable, experimentamos y dejamos siempre nuestro testimonio para que os podáis hacer una idea de la aventura que os espera.

Kiku Vilarasau Iglesias: viajero – aventureo

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